Rompeolas de todas las Españas

Plácido Diez

“Reconozco abiertamente que yo solo no puedo con esto y que mi Gobierno no puede solo con esto”, palabras del presidente del Gobierno de Aragón, Javier Lambán, en sede parlamentaria pocas horas antes de que se reunieran en torno a una mesa de diálogo representantes de las ocho fuerzas políticas representadas en las Cortes de Aragón, agentes sociales y representantes de los municipios, provincias y comarcas, de la comunidad autónoma. Fue el pasado 17 de abril, hace ya más de un mes, y en esa mesa de respuesta a los destrozos de la pandemia se sentaron el PP como principal partido de la oposición y Vox.

En la vecina comunidad de Castilla y León, la de mayor extensión de España, su presidente, Alfonso Fernández Mañueco, del PP, su vicepresidente, Francisco Igea, de Ciudadanos, y el líder del principal partido de la oposición, el socialista Luis Tudanca, coincidían en que era más necesario que nunca llegar a acuerdos.

Para ello, se citaban el viernes 22 de mayo junto al resto de fuerzas políticas parlamentarias, ayuntamientos, diputaciones, agentes sociales, organizaciones agrarias y representantes de los servicios sociales, para debatir un pacto de recuperación centrado en una sanidad de calidad, en la reactivación de la actividad económica y del empleo, en la mejora de la protección social y de los servicios públicos, y en la financiación de la autonomía que tiene 9 provincias.

Ninguna de las dos comunidades autónomas, presididas la primera por un socialista y la otra por un “popular” que suman cerca de 4 millones de habitantes y que son ejemplos de pluralidad y diversidad con 8 y 7 fuerzas políticas representadas en sus Parlamentos, ha merecido muchos titulares, análisis y opiniones, en los medios de comunicación convencionales y digitales con sede en Madrid.

La concepción de la política como lugar de encuentro ha sido fagocitada por el ruido y la confusión de la comunidad de Madrid, por la estrategia de su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, y de su jefe de gabinete, Miguel Ángel Rodríguez (MAR), de ciega confrontación con el Gobierno de España en defensa de lo que denominan el singular estilo de vida y amor a la libertad de los madrileños, de los capitalinos.

Un mensaje del manual de Steve Bannon, el que fuera MAR de Trump. Ni un respiro para la racionalidad y el ponerse en el lugar del otro. Emociones frentistas sin digestión para excitar la polarización. El número 3 del PP, Teodoro García Egea, llegó a decir que el presidente Sánchez, nacido y enraizado en Madrid, odia a los madrileños, después de que Isabel Díaz Ayuso haya rechazado una tras otra las propuestas de mano tendida del líder del principal partido de la oposición, Ángel Gabilondo.

Sensaciones de recreación alternativa del 2 de mayo de 1808 con Sánchez transformado en Murat y en el causante de la pandemia mundial. Todo a raíz de quedarse la comunidad de Madrid en la fase cero de la vuelta a la normalidad por no cumplir requisitos sanitarios esenciales para mantener controlada la pandemia, según el criterio por ejemplo de la dimitida directora general de Salud Pública, del presidente del Colegio de Médicos de Madrid y de los asesores del ministerio de Sanidad.

Como si Madrid solo hubiera uno, como si los barrios de Salamanca y las urbanizaciones como El Viso o municipios como Pozuelo de Alarcón fueron homologables a Aluche, Usera o Puente de Vallecas.

Como si el alma de Madrid, el rompeolas de todas las Españas, fuera propiedad exclusiva de los votantes del PP y de Vox. Como si las bonificaciones del cien por ciento en el impuesto de patrimonio, y del 99 por ciento en donaciones y sucesiones, como si las cifras de crecimiento por encima de la media española durante quince trimestres, hasta llegar a ser, con cerca de 7 millones de habitantes, el principal motor económico de España, no hubieran convivido durante las últimas décadas con las privatizaciones en servicios públicos esenciales como la sanidad, con la laxitud con las tramas de corrupción y el intercambio de favores con las elites, con fiascos como el de Cajamadrid, rescatada con el dinero de todos, y con el liderazgo en desigualdad. Entre el 20 por ciento de la población con más ingresos y el 20 por ciento con menos, tienen la brecha más grande de España.

Todos a una, PP y Vox, contra el Gobierno salido de las urnas y del Parlamento que consideran ilegítimo. Nuevamente, la sombra de Trump en Madrid. Nada mejor para espantarla que la evocación de los versos de Antonio Machado:

“Madrid, Madrid,

¡qué bien tu nombre suena

rompeolas de todas las Españas!

La tierra se desgarra, el cielo truena,

tú sonríes con plomo en las entrañas”.

Noviembre de 1936. Sus amigos León Felipe y Rafael Alberti trataban de convencerlo para que abandonara la ciudad por el peligro que corrían su vida y la de su familia.

Ojalá que Madrid no deje de ser nunca el rompeolas de todas las Españas, también de esas que no se desafían, que no utilizan el odio como arma arrojadiza, que dialogan y buscan acuerdos ante una catástrofe mundial sin precedentes en los últimos cien años.

Son tiempos heraclitianos en los que todo fluye, todo cambia y nada permanece. El filósofo presocrático de Éfeso defendía que, lejos de paralizar, las contradicciones dinamizan. La reiteración de contradicciones, bandazos y rectificaciones, es otro cantar.

Siempre nos quedará Bruselas que, por boca del comisario de Economía, Paolo Gentiloni, ha dicho que no es momento para recortes, que hay que hacer cuanto sea necesario para combatir una crisis de “dimensiones históricas”.

  • La foto es de Alfonso en el café de las Salesas, el diario.es

 

El país de Europa con más “densidad vivida”

Plácido Diez

Ser uno de los países del mundo que más turistas reciben, ser uno de los más envejecidos sin la planificación adecuada y ser uno de los más crispados políticamente, son algunos de los indicios que se han barajado para explicar la virulencia de la COVID-19 en España. Curiosamente son indicios en los que parcial o totalmente España coincide con Francia, Italia, el Reino Unido y Estados Unidos, países donde el virus está golpeando muy duro.

Hay un cuarto indicio más singular de España y Francia: la ocupación del espacio público. 23 de los 33 kilómetros cuadrados con más población de Europa están en nuestro país y los 10 restantes en el vecino, según el profesor de Estudios Humanos y Planificación de la Universidad de Sheffield, Alasdair Rae, un experto que patentó la retícula, un conjunto de líneas o de hilos, del kilómetro cuadrado.

¿Cómo puede ser en un país que solo tiene 93 habitantes por kilómetro cuadrado? Por la distribución territorial, por lo que los expertos denominan “densidad vivida”. De los 505.000 cuadrados de un kilómetro que tiene España solo vivimos en el 13 por ciento de ellos. Con más de 30.000 habitantes por kilómetro cuadrado, somos el país de Europa con más densidad de población por superficie habitada.

El distrito más saturado con 56.040 habitantes por kilómetro cuadrado es el 3 de L´Hospitalet de Llobregat, que comprende los barrios de la Torrassa y Collblanc. No son de bloques altos como en Bellvitge, son de edificios de 4 o 5 plantas con pisos pequeños compartidos por varias personas, el 30 por ciento de origen extranjero y con una edad media de 41 años.

Las consecuencias están siendo que en muchos casos no han aguantado en casa y que ha aumentado el número de familias que piden ayuda y alimentos por primera vez hasta desbordar a los servicios sociales.

Badalona, con 50.287 vecinos por kilómetro cuadrado, es la tercera ciudad más densa de Europa, según la clasificación del profesor Alasdair Rae. En medio de L´Hospitalet de Llobregat y Badalona, en el segundo puesto con 52.218 personas, aparece el distrito XVIII de París, delimitado por la colina de Montmartre y la basílica del Sagrado Corazón.

En los puestos de cabeza de los diez distritos más densamente vividos de Europa aparece también Arganzuela con 44.636 personas. El barrio madrileño se alarga hasta el Manzanares, con la calle Tomás Bretón como referencia, con bloques de 6 y 7 plantas como máximo pero, atención, con hasta once pisos por planta, sin patios interiores y sin casi aire entre ellos.

Esos bloques son consecuencia de la especulación urbanística de finales del XIX y principios del XX que perseguía sacar el máximo provecho económico al espacio. Arganzuela es un barrio de clase media, jóvenes profesionales y funcionarios, con poca relación entre sus vecinos, aceras estrechas y dificultades para mantener la distancia física de seguridad de los dos metros.

Barcelona y cinturón copan 16 de los 23 puestos que le corresponden a España en la clasificación europea del profesor inglés, Madrid 4 y los otros tres se los reparten Bilbao, Gijón y Zaragoza. En la capital aragonesa está la segunda ciudad de Aragón, el barrio de las Delicias con más de cien mil habitantes concentrados en poco más de tres kilómetros cuadrados, con un  porcentaje de personas de origen extranjero del 23 por ciento y una edad media de 47 años. Con insuficiente esponjamiento, con calles y aceras estrechas, y escasez de aparcamientos. Con un urbanismo de los años cincuenta y sesenta de aprovechar al máximo el espacio sin haber tenido en cuenta al coche. Al igual que sucede en el resto de los barrios tradicionales: las Fuentes, San José, Torrero y La Almozara.

Los cambios en el espacio público ya están llegando estos días a nuestras ciudades. Después de la COVID-19, nadie se atreverá a cuestionar el Madrid Central de Manuela Carmena, ni a que se gane y ordene el espacio para los peatones en el centro y en los barrios, ni a que se construyan bloques de manzanas cerradas al tráfico, ni carriles ni aparcamientos para bicis.

Un estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona (IS Global), dependiente de la Fundación “La Caixa”, demuestra que el 50 por ciento de los viajes que se hacen en coche podrían recorrerse en bicicleta porque cubren menos de 5 kilómetros. El ayuntamiento de Barcelona ya ha ganado 12 kilómetros para los peatones en las últimas semanas.

Las lecciones de la COVID-19 pueden ser una buena oportunidad para valorar lo micro: el microurbanismo, el teletrabajo, el comercio de proximidad, los productos de la cercana huerta que muchos están descubriendo estos días, y las viviendas con balcones y terrazas aunque computen como superficie construida. En este larga reclusión domiciliaria, se ha interiorizado que los balcones, las terrazas y los espacios abiertos, son el puente de nuestras casas con el sol, el aire, el cielo y la profundidad.

Atención también al escalonamiento/prevención hacia el transporte público, a la creciente oferta de viviendas turísticas que se van a quedar sin uso, a las de los herederos de los miles de fallecidos en la pandemia y al aumento de consultas para comprar o alquilar viviendas en las comunidades rurales. Como en la crisis de 2008, se augura una notable caída del precio medio de la vivienda sobre todo en las grandes ciudades.

Y atención también a la necesidad de planificar esas grandes y medianas ciudades y las áreas rurales para el envejecimiento y el sobreenvejecimiento (mayores de 75 años). La fotografía ahora mismo: listas de espera en muchas residencias públicas y las privadas inaccesibles para la mayoría de los mortales.

Tendrá que habilitarse una oferta intermedia y tendrá que cambiar el tipo de construcción hacia módulos más pequeños, con más privacidad y control sanitario para los mayores. Visto cómo se ha ensañado la COVID-19 con parte de esos centros, será imprescindible adecuar los medios humanos y materiales de los centros de salud al número de residencias que existan en una determinada área. Salud pública y servicios sociales van a tener que aprender a trabajar en equipo cruzando datos y reforzando la vigilancia de los internos.

10 de mayo, feliz día de San Nayim

La fotografía es de hace cinco años en la presentación del documental de Canal+ “El último gol de Nayim” que estos días está emitiendo Movistar. Un documental que emociona de principio a fin y que nos hace revivir uno de los momentos más felices del zaragocismo y de todos los aragoneses. Para los que puedan ver el documental, atención al rostro de Nayim cuando, ya acabada la final, su padre entra en la habitación del hotel y le dice que ya se puede morir tranquilo. Han pasado 25 años pero parece que fue ayer. La plantilla de la final de París, un grupo de amigos del barrio en palabras de Cedrún, y Víctor Fernández nos dieron una de las grandes alegrías de nuestras vidas, de esas que tardan a repetirse generaciones. De esas que le hacen a uno sentirse singular hasta el fin de sus días. Con esta fotografía comparto la celebración de este domingo de mayo que sobrevuela los límites provinciales. Un trago de felicidad para sobrellevar mejor la reclusión domiciliaria con franjas de régimen abierto y fases hacia una normalidad diferente, también para el fútbol.

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Plácido Diez

Han pasado cuarenta y dos años. El cadáver del entonces presidente de la Democracia Cristiana, Aldo Moro, apareció acribillado un 9 de mayo de 1978 en el maletero de un R-4 en la Vía Caetani de Roma, en un lugar equidistante de las sedes de los dos grandes partidos italianos: la Democracia Cristiana y el Partido Comunista.

Cincuenta y cinco días antes lo habían secuestrado las Brigadas Rojas cuando se dirigía a la sesión de investidura de Giulio Andreotti que iba a formar su cuarto gobierno gracias al apoyo parlamentario de los comunistas de Enrico Berlinguer.

Era la época del eurocomunismo, del compromiso histórico y del distanciamiento del dogma soviético. Era la época de la guerra fría y un acuerdo de este tipo sin precedentes en las democracias occidentales cuestionaba la política de bloques y el equilibrio del sur de Europa.

Como el de Kennedy, nunca se aclaró el asesinato del presidente de la Democracia Cristiana aunque circularon versiones en las que se mezclaban las Brigadas Rojas, la Mafia calabresa, logias masónicas y servicios secretos.

Lo que es indiscutible es que aquel asesinato en el país santo y seña del catolicismo abortó un posible gobierno de democratacristianos y eurocomunistas, partidos que desaparecerían posteriormente, también el Partido Socialista, en el torbellino de la política italiana.

Hace menos de un año, Tsipras, que había gobernado Grecia durante una legislatura al frente de una coalición a la izquierda de la socialdemocracia, fue derrotado por el candidato conservador, Mitsotakis.

El líder de Syriza había conseguido enderezar las cuentas públicas tras verse forzado a dar la espalda a su programa, a la mayoría de los electores que habían dicho no en referéndum al plan de austeridad que le impuso sin compasión alguna la “troika”, y pasar por el aro de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI) con un elevadísimo coste social y de sufrimiento para los más débiles.

En distintos momentos históricos y contextos, son dos ejemplos que evidencian las dificultades de las izquierdas, los partidos verdes son caso aparte, para gobernar en las democracias occidentales.

El escritor y articulista Julio Llamazares consideraba hace unos días en El País que en España hay resistencia a aceptar los resultados del sistema democrático y la alternancia de poder.

Déficit democrático que atribuía a cierta derecha española y a algún partido independentista. También se podría incluir en la relación, esto es de mi cosecha, a ciertas élites políticas, económicas y de grupos de comunicación, que no aceptan un Gobierno de socialistas con Unidas Podemos apoyado parlamentariamente en acuerdos con partidos independentistas de diferente signo ideológico: el Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Esquerra Republicana de Cataluña (ERC).

Un Gobierno -hay que recordarlo- que está en minoría parlamentaria pero que hace poco más de cien días fue la única alternativa a seguir instalados en la inestabilidad política, en las inacabables convocatorias electorales y, como opinaba Llamazares, en el impulso autodestructivo y en el odio cainita. Al escritor leonés le costaba entender cómo los que tanto aman a España odian a la mitad de los españoles.

Esa polarización extrema que lejos de remitir ha ido a más durante la pandemia está llamando la atención de medios de comunicación internacionales. The Guardian subtitulaba ayer mismo en portada una información sobre España firmada por su corresponsal en Madrid, Sam Jones: “mientras que los políticos en otros países buscan el consenso, los adversarios usan el virus como un garrote en España”.

 

La pandemia mundial de la Covid-19, una catástrofe histórica impredecible o imprevista (cisne negro o rinoceronte blanco para los estadísticos), sin compasión, de las que bruscamente nos cambian las vidas como lo fueron la caída del Muro de Berlín o el ataque a las Torres Gemelas, le ha venido como anillo al dedo al Partido Popular de Casado para desatar, al comienzo de la legislatura, una operación de acoso y derribo del Gobierno en la que el periodista y profesor Aurelio Medel ha visto similitudes estratégicas con los atentados del 11-M en Madrid que, inesperadamente, dieron la victoria electoral a Zapatero en 2007.

Casado, en el debate para prorrogar el estado de alarma del pasado 10 de abril, comenzó su intervención diciendo: “los españoles se merecen un gobierno que no les mienta”.

La misma afirmación que hizo en 2007 el entonces director de campaña electoral del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, dirigida al Ejecutivo de José María Aznar que nunca reconoció la autoría islamista de los atentados de Madrid. Tampoco el PP.

En esta operación de desgaste del Gobierno, que tomó posesión a mediados de enero, Medel también veía el guion de la Faes en la que están Aznar, Acebes, Zaplana y Mayor Oreja, y la vuelta a la primera línea de la asesoría política de Miguel Ángel Rodríguez, coordinador de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y Alfredo Timermans, asesor de la portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo.

Un paréntesis para la recurrente conexión con Teruel en los tiempos de la España despoblada. Tanto Miguel Ángel Rodríguez como Isabel Díaz Ayuso habían sido colaboradores de Radio Calamocha, una emisora de la comarca turolense del Jiloca, una circunstancia, con viaje incluido en las Navidades de 2018 para conocer directamente esa emisora comarcal y ser entrevistados, que influyó posteriormente en el fichaje del primero por la segunda tras ser elegida presidenta.

El jurista Javier Pérez Royo afirmaba hace unos días en un artículo en el diario.es que desde que Aznar concurrió por primera vez a la presidencia en 1989, la derecha española no ha aceptado el triunfo electoral de la izquierda.

La secuencia bien documentada del catedrático de Derecho Constitucional cuenta con impugnaciones en circunscripciones electorales en 1989, con acusaciones infundadas de fraude electoral en 1993 verbalizadas por Javier Arenas y Alberto Ruiz-Gallardón, con la deslegitimación de Felipe González en la época de un grupo de presión periodístico al que se llegó a denominar el “sindicato del crimen”, ¡Váyase, señor González!, y con duras campañas contra el presidente Zapatero.

El guion de la Faes, siempre mirando por el retrovisor a Vox, está centrado en frenar el crecimiento y recuperar votantes de la formación de Abascal sin dar un respiro a Sánchez para debilitarlo y, en consecuencia, forzar un adelanto electoral.

Ni un respiro al presidente, al que le ha podido faltar empatía y cintura política, y sobrado unilateralidad, ni a los acuerdos que reclaman una rotunda mayoría de los españoles en las encuestas.

El equipo de Casado se está volcando en aprovechar la catástrofe de la Covid-19 para erosionar un Gobierno en minoría de socialistas y Unidas Podemos apoyado entre otros por partidos independentistas con los que, paradójicamente, podría coincidir el PP hoy si se abstiene o vota en contra de una nueva prórroga del estado de alarma.

A diferencia del 11-M, no parece que vaya a haber elecciones dentro de tres días, Aznar tiene un pasado y es una pandemia mundial de la que todos somos víctimas, sin pasar por alto los fallos de prevención, gestión, comunicación y cogobernanza.

El voto del PP en la prórroga de hoy del estado de alarma evoca a aquella expresión de Aznar en Valladolid cuando el 3 de mayo de 2007 recibió la medalla de honor de la Academia del vino de Castilla y León: “¿Y quién te ha dicho que quiero que conduzcas por mí?”.

El expresidente ironizaba así con el “No podemos conducir por ti” de una campaña de la Dirección General de Tráfico. “¿Quién te ha dicho a ti las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber, déjame que las beba tranquilamente mientras no ponga en riesgo a nadie, ni haga daño a los demás?”.

Unas expresiones, en las que también se incluían críticas a las limitaciones de velocidad,que se pueden interpretar como que cada uno puede hacer lo que quiera.

Algún cualificado analista político conjetura que la grave situación económica y social, y la presión de la Unión Europea sobre las cuentas públicas, puedan llegar a forzar el cambio de un gobierno de coalición con Unidas Podemos por un gobierno monocolor socialista que se apoyaría en unas y otras fuerzas parlamentarias para sacar adelante el país. Con protagonismo especial para el principal partido de la oposición. Pero esa ya es otra historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dadme un huerto…y cambiaré el mundo

Plácido Diez

Por momentos dio la sensación de que podía terminar en un motín pero todo apunta a que, al final, habrá paz con los huertos familiares, también denominados de autoconsumo, que pueden ser uno de los puntos de apoyo para la salida verde a la catástrofe económica y social del coronavirus.

Treinta y siete días después de la aprobación del estado de alarma, las restricciones de la movilidad continúan impidiendo en muchos territorios el acceso de propietarios, arrendatarios o beneficiarios, a los huertos familiares cuando ya apremia el calendario de la siembra, de la plantación y la cosecha en el caso de las producciones más tempranas.

La presión social estaba entrando en ebullición hasta el punto de que el presidente de Aragón, Javier Lambán, lo trasladó a la reunión de la Conferencia de presidentes del pasado 12 de abril.

El razonamiento era convincente: se deja salir a los ciudadanos a comprar en los supermercados con las debidas precauciones de seguridad y se prohíbe trabajar en sus hortales a los que viven en las comunidades rurales, con una baja densidad de población y un distanciamiento garantizado.

Desde entonces al menos dos comunidades autónomas, el País Vasco y Extremadura, a las que se sumó Navarra el martes 21 de abril, han abierto la mano. La Ertzaintza y las Policías locales de la primera autorizaron el pasado miércoles 15 de abril el acceso a los huertos familiares “siempre y cuando la movilidad y la estancia se realicen por el tiempo imprescindible, respetando las medidas establecidas por la autoridad sanitaria”. La autorización incluye la recolección y las labores de preparación del terreno, la siembra y la plantación, así como el abono y el riego. La norma precisa que no se permiten ni eventos ni celebraciones en el propio terreno o en las instalaciones asentadas, ya sean o no permanentes.

En Extremadura, la nota informativa oficial de la Delegación del Gobierno, bajo el encabezamiento del Ministerio de Política Territorial y Función Pública, autoriza y regula el acceso a los huertos de autoconsumo y medidas para el mínimo mantenimiento y cuidado de las parcelas y la prevención de incendios forestales. Puntualiza que los desplazamientos deberán concentrarse en un mismo día y que la permanencia deberá ser la indispensable.

En ambos casos, País Vasco y Extremadura, la Guardia Civil y las Policías autonómica y local podrán solicitar la documentación identificativa/justificativa de la propiedad, arrendamiento o donación.

En esa línea irá la normativa que se va a aprobar en los próximos días en otras comunidades autónomas, entre ellas Aragón, subrayando la prohibición de acceso a los que estén en segundas residencias o en fincas de recreo.

En plena lucha contra el coronavirus, el sentido común dice que los huertos deberán estar en el mismo término municipal o en el limítrofe donde reside el hortelano, lo más cerca posible de sus domicilios, y que el desplazamiento y la actividad deberán ser individuales.

Este convincente clamor social, que se ha canalizado a través de municipios, asociaciones de hortelanos y redes sociales, tenía su arista en la proliferación en los últimos tiempos de huertos urbanos. En el caso de Zaragoza, en barrios como Garrapinillos, Movera, en la huerta de las Fuentes, junto al Parque Deportivo Ebro, en la Expo, donde las producciones van más adelantadas y algunas cosechas corrían el riesgo de echarse a perder. Huertos parcelados, anexos uno al otro, que generan una movilidad y una cercanía que podía influir negativamente en el todavía incierto control de la pandemia.

Es un ejemplo de cómo los que legislan o aprueban las normas deben pensar permanentemente en las comunidades rurales, en especial en los pequeños municipios por debajo de los mil habitantes, que están haciendo una gran labor horizontal de lucha contra la pandemia.

Es una oportunidad para que los principales poderes del Estado con sede en Madrid miren al mundo rural con otros ojos. Esta catástrofe sanitaria, social y económica, este reset que adivinamos de nuestras vidas, puede ser una buena oportunidad para dar visibilidad a las comunidades pequeñas.

Como afirma la Red Española de Desarrollo Rural, también para relocalizar, para anclar territorialmente la producción y la venta de alimentos frescos y de proximidad que garantizan a los consumidores calidad y seguridad, y minimizan los riesgos.

Junto a las inversiones en movilidad sostenible, en energías renovables y en eficiencia energética, los huertos rurales y los urbanos suman también en la apuesta del Parlamento y de la Comisión Europea por dar una salida en clave verde a la crisis económica provocada por la COVID-19.

Los huertos de autoconsumo conectan con la economía circular, con la movilidad tranquila y con el pensamiento a largo plazo en lugar del aquí y ahora, del ya mismo, del inmediatismo.

Son buenos lugares para reconciliarse con los ciclos de la naturaleza y para apasionarse con aquella idea, cuya autoría no sé si fue de San Juan Bautista de la Salle o del escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

La unidad de los pequeños contra el coronavirus

 

Plácido Diez

He vuelto a soñar mientras duermo. O, mejor dicho, he vuelto a recordar lo que sueño mientras duermo como cuando era niño y algunas noches son pesadillas o situaciones angustiosas. O me persiguen o corro algún peligro o meto la pata.

Debe ser el confinamiento, la incertidumbre y el déficit de contacto con el exterior, con la naturaleza y con la primavera, circunstancias que, por otro lado, me están descubriendo las virtudes de mi casa, pasillo senderista incluido, el vermú diario que sabe a gloria, la cerveza virtual antes de cenar con los amigos, debates incluidos, en una aplicación de software libre para que no nos intercepte el Gran Hermano o nos interfieran los piratas, el silencio sobrecogedor y la limpieza del cielo de la ciudad.

He descubierto también a mis vecinos de calle sorprendentemente jóvenes muchos de ellos a pesar de que “El Tubo” es un sector envejecido. ¡Qué rato de pura vida, de inspiración y de unidad el de los aplausos de las ocho de la tarde amenizados con canciones, dulzainas, tenores aficionados y sensación de comunidad, austeridad y solidaridad!

Y me he reencontrado con el azar. Dieciocho años después, y el mismo día, he conectado emocionalmente con un médico del Clínico, Juan José Araiz, que nos arropó en el momento más desgarrador de nuestras vidas y del que nunca nos olvidaremos. Un momento que a el también se le quedó grabado para siempre como el sonido del móvil de David que no paraba de sonar mientras le estaban atendiendo. Era su madre preocupada porque no respondía.

El domingo 5 de abril lo entrevistaba Raúl Lahoz en la contraportada de “Heraldo de Aragón” con el titular “Nos estamos jugando la piel para salvar vidas”. Dos de sus respuestas: “He pasado por experiencias duras como coordinador de transplantes o en la uci pero estás con el paciente y la familia cara a cara. Ahora se limita todo al teléfono. Oyes llorar al otro lado del teléfono y si encima mueren, no pueden velarlos”.

“Tengo miedo. No por mí. Cuando salgo del hospital, voy a casa y tengo que convivir con mi mujer y mis dos hijos. No sé cómo podría asumir que yo les pudiera contagiar. Pero hay que seguir luchando. No bajamos los brazos contra la COVID-19”.

También me está sirviendo para vivir el acalorado debate de los hortelanos con los que tengo afinidad porque ya apremia sembrar y plantar hasta para los que tenemos el huerto a casi mil metros de altitud. Para los que lo tienen a menos altura y van más adelantados, recoger cosecha.

En el fondo, el del huerto, el autoconsumo y la calidad de los alimentos, es un mundo competitivo. Interminables debates en las redes sociales sobre si se puede o no ir al huerto, que si en Cataluña y Galicia se autoriza y en Aragón no, que si qué suerte tienen los que lo tienen detrás de casa, en el corral.

Para los que vivimos en Zaragoza y lo tenemos en el pueblo no hay debate. No se puede y punto por la distancia y porque -en esto todos estamos de acuerdo- la prioridad es luchar contra el coronavirus, evitar contagios, salvar vidas y no dar ni un resquicio a la recaída.

En las conversaciones de estos días en las comunidades rurales está el huerto, también la caída del precio del cordero y la solidaridad de agricultores y ganaderos con donaciones a las asociaciones que los necesiten o con el compromiso de desinfectar con sus tractores y sus tanques con agua y lejía las calles de los pequeños municipios.

Ha pasado de puntillas para los analistas pero en el último pulso mensual de Metroscopia los ayuntamientos, con mención especial para los pequeños, recibían la aprobación del 76 por ciento de los encuestados en la lucha contra el coronavirus, la mayor emergencia sanitaria en el mundo desde hace cien años.

Por detrás, las comunidades autónomas, 60 por ciento, y el Gobierno de España, 40 por ciento, aunque curiosamente el presidente Sánchez continuaba siendo el líder más valorado. Un 92 por ciento de los encuestados respaldaba un gran pacto entre las fuerzas políticas y sociales aunque -la decepción con nuestros líderes- un 79 por ciento veía improbable que sucediera.

Los municipios de menos de mil habitantes, que representan más del 60 por ciento del total en España y más del 85 por ciento en Aragón, se están desviviendo en la información directa y en el cuidado de sus vecinos, especialmente los más mayores, desde antes de la declaración del estado de alarma el pasado 14 de marzo.

La fuerza de la proximidad y del calor humano. En mi pueblo, que tiene poco más de 400 habitantes, se han difundido por megafonía cerca de 50 bandos desde dos días antes de que se aprobara el estado de alarma.

Para informar de los horarios de atención en el ayuntamiento y en el consultorio de salud. Para facilitar los supuestos y los horarios de atención en el Centro de Salud comarcal.

Para comunicar la suspensión de actividades de la comarca, de juventud, de deportes y de los cursos de pilates o de taichi de las asociaciones de amas de casa y de jubilados.

Para recordar que se mantienen la prestación de servicios sociales y los servicios de recogida de basuras. También para informar detalladamente cómo recogerla si de produjera algún caso de infectado.

Para preparar y llevar comida desde los dos bares, ahora cerrados, a las personas que la necesiten. Para informar de la apertura de las oficinas de las dos entidades financieras que aún abren algunas horas a la semana.

Para promover la fabricación de mascarillas ante el riesgo de desabastecimiento en el Centro de salud. Para informar de los cambios en el horario y los servicios de Correos.

Para animar a los niños a participar en un concurso de dibujos y a ser protagonistas del aplauso vecinal a las doce del mediodía por su buena actitud en el confinamiento.

Para organizar con el concurso de agricultores y ganaderos la desinfección de las calles. Para informar de las páginas web del Gobierno de Aragón, de la Diputación Provincial de Teruel, de los decretos de ayudas del Gobierno de España a pymes y autónomos, de las limitaciones a la movilidad y de las excepciones, por ejemplo el cuidado de animales domésticos o explotaciones ganaderas, la compra de comida o medicamentos o la asistencia a dependientes.

Y por no alargarme más, también para alertar de estafadores que van ofreciendo por las viviendas pruebas rápidas para detectar el coronavirus. Y para disuadir de desplazarse a los de las segundas residencias.

Son ejemplos a lo largo y ancho de la España despoblada del patriotismo ciudadano que antepone el cuidado y la protección de las personas, de sus vecinos, con mención especial para los más vulnerables, a las batallas partidarias. Concejales y concejalas, alcaldes y alcaldesas, que comunican y musculan la democracia a través de sus bandos, su altruismo y su cercanía a los vecinos.

 

 

El brote de cólera que quiso ocultar el franquismo

 

ElDiarioAragon

Fue la crisis sanitaria más destacada de los últimos años del franquismo cuando todavía no existía ministerio de Sanidad ni autonomías y las competencias se las repartían los de Trabajo y Gobernación. Los gobernadores civiles eran los responsables de la salud pública.

Un brote de cólera en la ribera del Jalón, que las autoridades franquistas quisieron negar dejando caer que su origen podía estar en el tránsito de emigrantes norteafricanos, extendió la alarma en la ciudad de Zaragoza, en la cuenca del Jalón, en la ribera del Ebro y en todo Aragón, y la alerta en el resto de España y en medios de comunicación internacionales por las consecuencias negativas para la salud pública y para el turismo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) tomó cartas en el asunto a partir de que el 20 de julio, como mínimo ocho días después de que aparecieran los primeros posibles casos, recibiera información del Gobierno español.

Fue un caluroso 12 de julio cuando se extendió el runrún en los municipios del Jalón, el principal afluente del Ebro de la Margen Derecha que recorre 224 kilómetros desde Medinaceli (Soria) hasta Torres de Berrellén.

Los sanitarios locales estaban detectando numerosos casos de cólicos repentinos, vómitos, diarreas y deshidratación, que desbordaban los habituales procesos diarreicos del verano.

Por esos días, el farmacéutico de Épila, Ricardo García Gil, había enviado a la Jefatura Provincial de Sanidad un escrito en el que advertía que el Jalón era un caldo de cultivo para la explosión de la bacteria que origina el cólera.

Al no obtener respuesta, envió un segundo escrito y se marchó de vacaciones a su pueblo de origen, a Mandayona (Guadalajara). Tuvo que interrumpirlas cuando las autoridades le llamaron para que regresara urgentemente. Se arremangó y actuó como responsable operativo sobre el terreno.

García Gil decidió depurar las aguas de los pozos domésticos metiendo hipoclorito en un botijo, añadiendo arena para disolverlo hasta lograr que el agua que entraba y salía se desinfectara. Recomendó echar lejía en las fuentes públicas hasta que llegaron las cloradoras.

Llegaron también voluntarios para tratar a enfermos que perdían mucha agua y los alcaldes emitieron bandos en los que se recomendaba que el agua para beber se hirviera durante 20 minutos, añadiendo dos gotas de lejía por litro. Se recomendaba, además, que se lavaran bien las frutas y las hortalizas y que se utilizaran insecticidas contra las moscas y los mosquitos y toda clase de parásitos.

Hasta el viernes 16 de julio no se había desplazado hasta la zona el Jefe de Provincial de Sanidad acompañado de dos especialistas de la dirección general de Sanidad de Madrid. En la página 2 de la edición de Heraldo de Aragón del día siguiente apareció una noticia que decía: “Un problema crónico que se agrava, la contaminación de las aguas del río Jalón, el número de enfermos es bastante elevado ya que el proceso es más virulento que en años anteriores. Han sido tomadas las medidas oportunas por la Jefatura de Sanidad por lo que no hay motivos de alarma”.

Pero vaya si la hubo. Fue hacerse público y la bola de nieve echó a rodar. Las farmacias se llenaron de ciudadanos asustados, se disparó el consumo de agua mineral y de gaseosa sobre todo en los municipios de la ribera del Jalón, y el lunes 19 de julio más de tres mil personas hicieron fila para vacunarse ante la Jefatura Provincial de Sanidad de Zaragoza, colas que se repitieron el día siguiente.

El gobernador civil, Rafael Orbe Cano, al que se etiquetaba entonces de aperturista (un año después autorizaría la publicación de la revista Andalán), convocó a los directores de periódicos y emisoras de radio de Zaragoza a los que entregó una nota informativa que hablaba de “una mayor incidencia de los procesos diarreicos estivales” y se recomendaba higiene personal, depuración de aguas, limpieza de alimentos y eliminación de excrementos.

Oficialmente, todavía no era un brote de cólera. Versión que ratificó el alcalde de Rueda de Jalón que, en declaraciones a Heraldo de Aragón, afirmaba que “los análisis no reflejan que sean las aguas contaminantes, más bien hay que pensar en la toxicidad de estas mismas aguas, estamos tomando las medidas oportunas con respecto a los insecticidas”. Y el de Épila: “no hay motivos de alarma, no es nuevo decir que las aguas del Jalón están contaminadas, creíamos estar inmunizados pero este año ha dado más fuerte, el número de enfermos es bastante elevado”. Todos diagnosticando el agravamiento de un brote diarreico.

Después de la avalancha ciudadana del lunes 19 de julio, en Zaragoza (479.845 habitantes según el censo de 1970) se habilitaron 23 puestos de vacunación y otros volantes que recorrieron los municipios del Jalón, de la ribera del Ebro, del Jiloca, hasta suministrar más de 600.000 vacunas.

La desconfianza ciudadana se reflejó en los datos de consumo de agua, 25.000 metros cúbicos menos diariamente en la capital, en la mínima afluencia a las piscinas municipales y en los más de 200.000 kilos de frutas a punto de echarse a perder con un Mercado Central inusualmente vacío. La propia Guardia Civil puso controles para requisar las frutas y verduras que llegaban desde el Jalón. La Hermandad de labradores y ganaderos de Épila cifró en 200 millones de pesetas las pérdidas en las cosechas de tomate, lechuga, pera, melocotón y en los jornales perdidos.

No faltó la colisión con Madrid cuando la noche del miércoles 21 de julio el jefe de la dirección general de Sanidad aludió en declaraciones a Televisión Española a los hábitos de los lugareños de la ribera añadiendo que este problema no existe en ningún otro punto de España. Le faltó tiempo al alcalde de Grisén para responderle. “aquí en todos los pueblos del Jalón somos humildes pero limpios…Pero, ¿qué se han creído en Madrid? Quien más quien menos dispone de cuarto de baño y se lava a diario, como ordenan las buenas costumbres”.

Finalmente, en unas notas informativas oficiales de la OMS y de la Dirección General de Sanidad se reconocieron 7 casos de cólera de un total de 48 casos sospechosos en los municipios de Épila (3.997 habitantes) y Rueda de Jalón (534) y se afirmaba que no existe peligro de epidemia en España ni riesgo para los viajes internacionales. Así se recoge en una publicación de octubre de 2006 de la Revista de Administración Sanitaria Siglo XXI firmada por el doctor Miguel Carrasco y la enfermera Josefina Jimeno bajo el título “La epidemia de cólera de 1971. Negar la realidad”.

La nota gubernamental iba más allá al señalar que “respecto al origen es importante significar que los dos pueblos en cuestión están situados en una de las rutas que cruzan España y que es utilizada por los trabajadores emigrantes procedentes de países del Norte de África”.

La misma Dirección General de Sanidad que se había mostrado reacia a las vacunaciones masivas afirmando en un informe que “son medidas no adecuadas técnicamente pero aconsejables por impulsos políticos”.

El gobernador civil de Zaragoza reconocía, por fin, el viernes 30 de julio que “se ha logrado contener y dominar el brote colérico en el Jalón sin que Zaragoza sufriera sus efectos como en un principio se temió”. Fue en una reunión de la Comisión Provincial de Servicios Técnicos para agradecer a las instituciones sanitarias su esfuerzo.

Fue un brote de cólera que se frenó en pocos días pero que evidenció las graves carencias de las comunidades rurales, y también de algunos barrios de Zaragoza, en el abastecimiento y saneamiento de aguas. Muchos municipios, que no disponían todavía de agua corriente, dependían de pozos, acequias y corrales. Y todo esto sucedía en la España de 1971, el año y el mes en el que John Lennon lanzaba el himno “Imagine”, Jim Morrison aparecía muerto en un hotel de París y Salvador Allende nacionalizaba la minería del cobre en Chile.

*Las fotos son del Archivo Municipal de Zaragoza cedidas por Gerardo Sancho